Los pies helados. Una larga carretera por delante y la
visibilidad no se extiende más allá de los 10 metros. Hay
neblina, lluvia y un intenso tráfico. Atrás quedan carros varados a
lado y lado del camino que no son más que un recuerdo de eventos que
en algún momento impulsaron el ánimo. Llueve copiosamente.
Las gotas caen al ritmo de la música.
Apuesto que nunca
aceptaremos las muchas veces que hemos mirado por el espejo retrovisor. Y
cuando llegue el momento de hacerlo de nuevo, ¿que sera lo que veremos?
Probablemente voy a preferir recordar mi rostro asomándose en
el panorámico del carro que venía justo por detrás. O tal
vez un paisaje desértico, olas de arena y pistas de baile aleatorias. Sabanas,
desorden y cervezas. Plazas poco vistosas y hoteles de lujo. Sin
pensarlo, son miles de kilómetros al alcance de un simple vistazo.
Es curioso, pero
esta vez es divertido que la carretera presente estas condiciones. Hay
que mirar detalladamente las señales y esperar con mucha calma
el próximo giro. Izquierda. Recoger provisiones, cargar
algo de gasolina y tal vez, encender por un momento la conciencia para no
olvidar por donde hemos venido. Derecha. Probablemente podemos medir
muchas cosas en términos de kilometraje y de hecho sería un ejercicio
divertido si es que acaso podemos estipular en qué momento se puede acoplar un
cambio de filtro o tal vez un elegante polichado.
Y en el incesante
cambio de rutas al que nos vemos sometidos, cuando llegue el momento de
hacerlo, cuando los ojos se dirijan de nuevo hacia atrás y los
parpados se abran levemente, cuando el destello de luces emitido por una
supernova de coincidencias nos deslumbre los ojos y pierda cualquier
visibilidad de lo que está por venir, no esperes otra cosa diferente a que vaya
a fondo. ¿Qué tan largo sera esto? Claramente no lo sé.
Acá sentado
recuerdo que he parado al lado de un lago adornado con un borde de luces
de neón. Lámparas inclinadas que rozan el suelo y doncellas sin
rostro que pasean en carrozas jaladas por el aire. Relojes de agua que
acompañaban el ocaso de días que no se olvidan. Trajes de látex,
vestidos de piel, ningún remordimiento. Cajas de postres,
galletitas y chocolates amargos aun no descubiertos. La maleta siempre
lista. Rutas al sur, caminos en la montaña. Casas en construcción y
un rincón del mundo que es difícil de olvidar si cada vez que se recuerda
parece un peaje de la vida misma.
Recuerdo unos Converse
viejos. Se pasean por el mundo y por
ahora se antojan inalcanzables. Tengo los pies helados pero es que este
asiento es como una parte de mi subconsciente. Tal vez por eso recuerdo con
tanto detalle el perfil de tu rostro.
Soundtrack: Passenger // Deftones.
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