Supongo que a raíz de separarme del suelo, emprender un viaje en condiciones atmosféricas donde escasea el aire, el frío congelaría los pulmones y la velocidad arrancaría la piel de un solo tajo, he tomado la costumbre de establecer mis premisas cada vez que el avión toca suelo de nuevo. Estaba claro que tenia algo que delimitar. Una primera premisa era mandataria: disfrutar y
razonar.
Que difícil iba a ser
considerar continuamente la segunda si lo que estas disfrutando embarga lo más
profundo de tu ser y te hace pensar que por una sola vez en la vida, lo que
haces es irrepetible. Y tal vez esa
sensación, ese solo impulso de saber que aunque el alma podría regocijarse (y tal ves, encontrar calma) en caso de
tenerlo como una constante, como algo cierto. En este caso, no está definido de esa manera.
Esta ocasión
debe ser disfrutada hasta su apoteosis; esa sensación hace que razonar sea una
premisa que empiece a contar fuera de las márgenes de la realidad a la que tu
mente está sometida y que olvida por un periodo de tiempo, las restricciones de
esa otra realidad, de esa que impone distancia y tiempo.
Era imposible no pensar en que el primer paso que se diera,
fuera con el pie derecho. No importa que
signifique eso, siendo que a veces es difícil definir en donde es que en verdad
se da el primer paso. Lo importante era
tener la certeza de que no habría que volver a coger impulso.
¿Qué tal estuvo el abrazo?
Puedo escribir en piedra que nunca olvidé ese olor. Que mi memoria olfativa se vio sacudida como
nunca antes con la sensación de revivir
la percepción que yace en tu cuello.
¿En cuantos pasajes iluminados, pasillos
de granito y puertas adornadas con indicaciones en conchas estuve, con tan solo
posar mi rostro, cerrar los ojos y respirar? Los paisajes desérticos, quebrados
por la recta definitiva de una carretera que nos arrastra a velocidades que
difícilmente controlamos. Las luces de
una entrada que se pierden al paso de la puerta corrediza. Un café. Un vestido
rojo irónicamente teñido de desnudez.
Días después me enteraría que en uno de los dos lados había
ansiedad. No era en el mío. Probablemente
los motivos de mi ansiedad aflorarían en otros factores que no se asociaban a
todo lo que estaba previsto de ser vivido en la llegada.
El problema con los detalles es que, no sé cómo manejar
escenas en las que cada una contiene mil detalles, que hacen referencia a diez
mil memorias. Entonces parece que
centrarse en un solo evento particular genera la sensación de estar pendiendo
de vista. Algo que puede, pudo ser muy importante.
No hacía falta pensar mucho en todo lo que quedaba atrás.
La posición me resultaba extremadamente familiar. Definitivamente cómoda. Intensa. Tan intensa que muchas escenas que
no se describen abiertamente, aportan palabras a cada uno de estos párrafos.
No es curioso que el tiempo no juegue a nuestro favor. Nunca lo hace. Ni en mi nombre ni en el tuyo. Pero para acuerdos, esta la comida. Un carrusel de garosos en donde los caballos
tienen esos familiares rostros que vemos cada mañana frente al espejo. Son entonces subterfugios gastronómicos de la
realidad embriagada por millas y pasaportes.
Un bocado que recuerda miles de besos y un sabor que es capaz de
evocarme a esas etapas infantiles en donde, solo bastaba reposar la cabeza y
dejar que la comida fluyera. Competir,
pedir de más solo para tener una porción adicional cortesía de mi dominio en
las artes de ser glotón.
Tan solo era el arribo. No pensé, no tan automáticamente que mis premisas chocarían de manera tan divertida y a la vez, tan certera. He de ser sincero, no pensaba en lo que debería estar pensando. Todo lo que continua, comienza con la leve intención de hacer aun mas rizado un cabello rizo por naturaleza y el aun mas leve roce de mis dedos con..... ya se, ese roce lo recordaba de otra manera, pero la experiencia fue reveladora. Así.....
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